Día de Muertos
«—Pies ¿para qué los quiero, si tengo alas para volar?»
F. Kahlo
Ha muerto mi abuela. Se ha ido de manera tranquila, durmiendo en la casa de mi madre. Pienso en el samsara budista, el ciclo de nacimiento, vida, muertes y renacimientos presente en la naturaleza. Creo que, como dice Agustín de Hipona, la muerte no es nada, solo ha pasado a la habitación de al lado. Su nombre será pronunciado cómo siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase ni señal de sombra. La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado. Con este espíritu me encamino al Día de los Muertos mexicano.
Avanzamos hacia Baja California sur por caminos muy desérticos, dunas con cactus de varios metros de alto y árboles blancos secos. Cada tanto bordeamos el Mar de Cortes, con raras formaciones rocosas.
El día de muertos es una celebración híbrida que une dos cosmovisiones distintas. El sincretismo se ve por ejemplo en los altares dentro de las iglesias, los rosarios hechos con limas o en las cruces hechas de flores de cempasúchil, siguiendo la tradición de señalar con sus pétalos el camino de vuelta a casa.
En el pueblo de San Felipe, gringos reparten golosinas a niños mexicanos que piden su calaverita. Recorremos dos cementerios, en Guerrero Negro y en el pueblo mágico de Loreto, los días previos a la celebración. Las familias limpian, arreglan el lugar donde reposan sus muertos. Algunas tumbas están en unas pequeñas casas donde los parientes disponen sillones y otros muebles, además de objetos que pertenecían al muerto (vestimenta, herramientas) para acompañarlo. Preparan ofrendas con sus platos y bebidas favoritas y escuchan la música que le gustaba oir. En Mexico, la muerte —como la presencia de mi abuela en mi vida— está viva.
C.






