Días 71 a 80 – A modo de epílogo

Pasar de Panamá a Colombia —debido al tapón del Darién, una de las zonas más intrasitables del mundo— se puede volver toda una operación logística. Hace tiempo Martin venía ocupándose de cómo realizar el cruce. Habíamos optado por enviar desde el puerto de Colón la van en un container compartido y por otro lado nosotros tomar un vuelo desde Ciudad de Panamá hacia Cartagena. Nos habían asignado un brasilero para compartir el container que, al momento que estábamos en Panamá, se encontraba aún en Mexico por lo cual no ofrecía garantías de llegar a tiempo. Esto aumentaba los costos de cruzar la camioneta —y se acercaba más a los límites de nuestro presupuesto—.
Por otra parte, la dinámica de viaje se iba haciendo cada vez más pausada, nuestras paradas en cada lugar eran de varios días más de lo imaginado —en especial en Mexico y Nicaragua nos detuvimos más de lo previsto—. Esto hacía que nos quedara realmente muy poco tiempo para recorrer Sudamérica (ya que una vez en Cartagena teníamos que esperar entre 7 y 10 días para que llegara el container).
El viaje hasta ahora resultó demasiado bien, y nos asustaba un poco plantear esta última etapa muy acelerada, casi no desviándonos de la ruta y parando como máximo un día en cada lugar.
Con esta decisión tomada, volvimos a Costa Rica. Nos recibieron nuestros ya amigos en Cahuíta, donde compartimos un par de días más con parte de su familia que se encontraba de visita. Pasamos una última tarde más en la playa y salimos hacia San José. Fuimos al Parque de la Sabana, a varios museos y librerías, vimos preparativos para el año nuevo chino, caminamos más por la ciudad. Festejamos el cumpleaños de Ema. Pusimos en venta la van, que se fue con un joyero marplatense —Oh, Esmeralda!— y cerramos esta etapa dejando una ventana abierta —nosotros, los más grandes, hemos recorrido tiempo atrás Sudamérica, pero los caminos siempre serán diferentes— con la mente en Itaca.
………….
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.