Día 3


Temprano en la mañana busqué algún taller mecánico cerca y encontré uno a un par de cuadras. Lo atendía un grupo de latinos y parecía confiable. Revisaron la camioneta y aparentemente el aceite que tenía era muy viejo y eso posiblemente hubiera afectado al sensor de la bomba de aceite… Me dijeron que volviera la tarde. Mientras con los chicos y los Mongomery disfrutábamos de la pileta del departamento. Los chicos se portaban maravillosamente, tanto que Ceci hasta logró, en pocos días, que dejara el chupete sin mayores sufrimientos. Por la tarde, en cuanto nos entregaron a Esmeralda decidimos ir a Santa Mónica.
Escuché alguna vez que las puestas de sol de los eran hermosas en Los Ángeles y decidimos sacarnos la duda. Arrancamos para llegar justo al atardecer al muelle de Santa Mónica. Iba con algún prejuicio, pensando que podía algún tipo de lugar algo snob y fue una hermosa una sorpresa encontrarnos con una con un precioso muelle lleno de gente pasándola bien en parques de diversiones, restaurantes y bares. El atardecer fue realmente bello y los chicos se divirtieron mucho. Simón y Ema trepándose a cuánto palo, árbol o estrutura estuviese a su alcance y Helena muy atenta detrás con su mochila y cuaderno de viaje en mano garabateaba notas a su manera.
Una vez, recorrido el muelle y siendo ya de noche, a pedido de Simón, fuimos la playa. Lo suyo no era un pedido era casi un súplica. Fue corriendo hasta abajo y se sacó sus croocs para sentir la arena. Imagino que debe sentir cosas parecidas a mi, esa especie de reencuentro y conexión con el mar es hermosa. Ema detrás y jugando con él hizo exactamente lo mismo. Se quedaron un rato solo caminando y sintiendo la arena en los pies. Más atrás íbamos con Ceci y los Mongomery a ritmo de Helena que no quería perderle pisada a los hermanos, pero entendía que el lugar era diferente, quería correr sobre la arena y no sabía cómo hacerlo. Con el correr de los minutos fue ganado confianza y de tomándome fuerte de la mano se animó a sacarse sus croquitos y lentamente se acercó al agua donde Simón y Ema ya estaban jugando y mojándose los pies. Helena estaba alucinada. Imagino que desde su perspectiva, lo que tenía enfrente era algo realmente imponente. Desde la absoluta oscuridad surgían grandes ondas de espuma blanca que rugían y alcanzaban sus pies. Ella ya conocía el mar, pero evidentemente lo había olvidado. A cada ola que se acercaba a sus pies ella saltaba y gritaba emocionada.